Veranofóbica perdida

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Así me hallo. Veranofóbica. La que era mi estación del año favorita en Ibiza se ha convertido en mi peor pesadilla. En mitad de la noche me despierto con sudores fríos y pienso en lo que me espera cuando llegue el calorcito. De madrugada, cuando los fantasmas se ciernen sobre mí, me asaltan las imágenes de atascos en las carreteras, de enjambres humanos en las playas y me veo, como si de una película de terror se tratara, dando vueltas con el coche intentando aparcar infructuosamente en Vila. En los peores escenarios me imagino a mí misma convertida en Michael Douglas en ‘Un día de furia’, loca perdida contra el mundo por no poder estacionar mi maldito vehículo.

Este verano vendrán un 30 o un 40 por ciento más de turistas (se oyen cifras contradictorias pero espeluznantes todas ellas), que alquilarán sus respectivos ‘carros’… Porque no creo que el transporte público mejore tanto como para que opten por la ‘maravillosa’ conectividad en bus de la que ‘disfrutamos’ en la isla. Un gran negocio para los alquileres de coche, y me alegro por los que encuentren un trabajo, esperemos que bien pagado, gracias a ello. Eso sí, mientras encuentren vivienda y no tengan que alojarse en una tienda de campaña, algo que fue ‘trendy’ la pasada temporada y parece que desgraciadamente seguirá siéndolo esta.

Yo, en pleno ataque veranofóbico.

El otro día, mientras esperaba el bus al aeropuerto (que, por cierto, llegó con retraso, esto no es Suiza) me encontré con un conocido. Me insistió para que me hiciera un abono de autobús. Incluso le pidió al conductor una hoja de inscripción destinada a tal fin que todavía guardo por el bolso. Mi conocido lanzó una profecía mortífera: “Este verano ya no se podrá circular por la isla en coche. ¿No sabes que vendrán un 30% más de turistas? Hazte ya sin falta la tarjeta esta para ir en bus”. Su semblante serio y su insistencia me asustaron.

Y puede que mi conocido tenga razón. Porque lo del parking parece que es imposible. El Ayuntamiento no parece que tenga previsto hacer zonas de aparcamiento específico (tipo zona verde) para los que vivimos en el municipio y en el parking de es Pratet no hacen abonos para residentes todo el año, solo en invierno, porque cuando llega el verano los que pagamos en invierno sobramos y quieren forrarse a costa del turista. Otra opción es adquirir una plaza de estacionamiento en propiedad. Pero he estado mirando y en mi zona uno de compra vale ¡¡¡¡¡40.000 euros!!!! Le pregunté al propietario por qué era tan caro, si es que era porque se podían aparcar dos coches. Y me dijo que no. Que es así de caro porque no hay aparcamiento. Tócate las narices. Y a mí no se me va de la cabeza que por 40.000 euros me podría comprar un piso en muchas ciudades españolas. Y empiezo a pensar que la cura a mi veranofobia no son las tilas ni los tranquilizantes. La única cura a mi veranofobia, si no cambian las cosas, es emigrar.

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Por aparcar en Vila ma-to

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Una compañera y amiga periodista lo definió muy bien en una frase que colgó en Facebook: “La vida es eso que pasa mientras intentas aparcar en Vila”. Supongo que los que no viven en la ciudad y no se tienen que enfrentar cada día a este suplicio, a esta tortura china, a esta pesadilla, no saben de lo que hablo. Porque una cosa es estacionar en Vila una vez a la semana para ir de compras y otra muy distinta es intentar hacerlo cada día dos veces porque trabajas fuera de la ciudad. Mis amigos y conocidos y también los cargos públicos del Ayuntamiento de Eivissa me recomiendan que utilice los aparcamientos disuasorios, situados a diez minutos andando de mi casa y que implican subir y bajar un puente. A mí usar ese parking una vez a la semana me parece muy bien, pero no dos veces al día. Porque yo llego a mi casa cargada con la compra, cansada y a veces, incluso enferma. Aparcar en un disuasorio implica levantarme diez minutos antes para ir a trabajar, perder veinte minutos al mediodía cuando voy a comer a casa y no poder cargar absolutamente nada. Llevo once años viviendo en la ciudad y el problema del aparcamiento cada vez ha ido a peor pese a las promesas de los políticos de turno, del color que sean. Al principio, estacionaba en el denominado ‘yonki-park’ de es Pratet, el barrizal que había en ses Feixes. Aquello era una auténtica porquería, pero al menos era gratis y me pillaba cerca. Cuando construyeron el de pago, la cosa se complicó. Aparcar ahí es equivalente a que te saquen un riñón sin anestesia. El otro día estacioné dos horas y pico y me cobraron casi ocho euros. Una absoluta vergüenza. Como en verano llenan el aparcamiento día sí y día también no les interesan los sufridos residentes del barrio (tampoco les tienen por qué interesar, es una empresa privada). Y solo, como favor, sortean ochenta plazas cada dos años para los vecinos de es Pratet. Durante dos maravillosos años fui agraciada por la fortuna y pude disfrutar del lujo de aparcar debajo de mi casa a un módico precio de 30 euros al mes. Dos años felices que por desgracia ya pasaron. Este fin de semana se ha producido un nuevo sorteo, que espero con más ansia que la Lotería de Navidad, porque esto sí me puede cambiar la vida. Ayer vi con desazón que otra vez no me había tocado. Dos años más de vagar por la jungla de Vila mendigando un parking, peleándome con mis conciudadanos por una plaza (este verano un hombre me insultó de manera muy desagradable y ofensiva solo porque le recriminé que me había birlado un sitio). Tampoco en mi calle hay zona azul, con lo que no puedo optar a la posibilidad de pagar un tanto al año y aparcar ahí. Mi desesperación es tal que he puesto mi piso a la venta para poder huir despavorida de esta ciudad pesadilla en la que se ha convertido Vila, pero ¡oh cielos! con la especulación inmobiliaria hemos topado. Necesitaría vender a un precio desorbitado para poder comprar algo decente, porque los pisos están por las nubes estratosféricas. Claro, también me he planteado alquilar, pero no hay oferta para todo el año y la que hay es de 1.500 al mes para arriba. En fin, esto no es ni un artículo de opinión. Esto es solo el grito desesperado de alguien que no aguanta más en lo que se ha convertido Ibiza.

Busco refugio para este verano

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Platges de Comte, una playa en la que es difícil extender la toalla en agosto.
Platges de Comte, una playa en la que es difícil extender la toalla en agosto.
Este verano pasado, cuando trabajaba como redactora en Diario de Ibiza cubriendo una sustitución, publiqué varias noticias sobre la masificación que sufrió la isla durante la temporada turística. Para ello, hablé con varios representantes empresariales y políticos. Recuerdo que las declaraciones más rompedoras por parte del empresariado las hizo el presidente de la Cámara de Comercio, que propuso la apertura de un debate para saber hasta dónde queremos crecer en los meses de temporada alta. Otros, como los hoteleros o la Pimeef, fueron mucho más tibios y recordaron que es algo que se produce unos pocos días al año.

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2015/08/11/empresarios-piden-soluciones-evitar-saturacion/786437.html

También el presidente del Consell de Eivissa, Vicent Torres, se mostró entonces favorable a crear un foro para debatir esta cuestión con el fin de evitar que la isla “muriera de éxito”.

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2015/08/12/consell-quiere-liderar-plan-evitar/786661.html

Unos meses después, lejos ya de los agobios del verano, parece que nadie recuerda estas palabras. De hecho, según veo en los medios de comunicación pitiusos, todo el mundo se felicita porque en Fitur se han dado a conocer cifras de incrementos de visitantes de hasta un 12%. A la cabeza en satisfacción parece que está el presidente del Consell, que se muestra exultante tanto en sus declaraciones como en algunas de las fotos.

La verdad es que parece que uno siempre tenga que aplaudir los récords de visitantes. Queda mal no hacerlo. Pero si el verano pasado ya nos salían los turistas por las orejas, ya era una auténtica odisea circular por Vila (ni pensar en aparcar, claro está) y plantar una toalla en la playa era una gesta similar a la de conquistar América, no quiero pensar qué pasará el próximo agosto, con la oferta ilegal de alojamiento descontrolada y la isla en la cresta de la ola.

Y mientras, con el emisario de Talamanca sin arreglar, con la depuradora de Cala Tarida sin terminar (al parecer es difícil que esté en funcionamiento para antes del verano porque hay problemas con la conexión al suministro eléctrico) y con la misma vigilancia (prácticamente nula) de la posidonia en nuestras costas. Por no hablar del colapso de tráfico, de la oferta ilegal de todo tipo y de otros problemas ambientales.

Evidentemente, el turismo trae riqueza y vivimos de ello. Seguramente habrá muchos ciudadanos que ganarán dinero con este aumento de los turistas. Algunos incluso se forrarán. Pero quizás alguien debería recordar ahora, en la calma del invierno, ese foro que se planteó para pensar en el futuro antes de que la isla sufra un colapso ambiental. Y mientras, yo no dejo de pensar en una cosa. Cada vez vienen más visitantes y se supone que todos vivimos cada vez mejor. Pero en las conversaciones con gente de mi entorno solo se habla de sueldos ínfimos, paro, alquileres por las nubes y pérdida de bienestar respecto a hace años. Que alguien me lo explique, por favor.

Mientras tanto, yo voy a ir pensando en un refugio de verano, pero creo que hasta las cuevas están pilladas.

Brad Pitt y las “tiorras feas”

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Imagen que han difundido por Twitter los partidarios de Burgos.
Imagen que han difundido por Twitter los partidarios de Burgos.
Antonio Burgos, un columnista del diario ABC, ha escrito un artículo que rezuma machismo, misoginia y mal gusto en el que asegura que las mujeres de la CUP son “tiorras feas” y “horrorosas”. Se mete con sus flequillos (las llama las “flequis”) y se pregunta por qué tanto ellas como las independentistas vascas tienen que ser tan “antiestéticas”. En otro momento insinúa que los de ERC son unos guarros por usar camisas negras con olor a “sudorina” y compara a las reinas magas de Valencia con “tres fulimandús de can-can de Toulouse-Lautrec o de “saloon” del Far West”. Leyendo estos comentarios, pareciera que el artículo lo hubiera escrito el mismísimo Brad Pitt reencarnado o un clon de George Clooney. No es así, ni mucho menos. Pero bueno, eso no importa, porque supongo que no le habrán dado la columna de ABC por su belleza física. Porque para ser articulista, poco importa qué pinta tengas. Igual que para ser político. ¿Por qué se mete este señor con con la apariencia de estas mujeres? Ahora resulta que para dedicarse a la política hay que ser agraciado. La verdad, me vienen a la mente decenas de ejemplos de políticos hombres de belleza distraída. Pero bueno, ellos supongo que, a ojos del señor Burgos, sí se pueden dedicar a la cosa pública pese a ser feos y tener el sex appeal de una caja de cartón.

No es la primera vez que el columnista de marras habla de las mujeres en tono altamente despectivo. Se refirió a Montserrat Nebrera, que fue parlamentaria del Partido Popular en Cataluña, como “catalana de mierda” y de la socialista Leire Pajín dijo que tenía “cara de película porno”. Afirmaciones totalmente retrógradas y machistas que revelan una forma de pensar propia del Pleistoceno. Lo malo es que no es el único que opina así. En Twitter muchos le han criticado, pero también otros muchos le han aplaudido, aportando fotografías de supuestas mujeres feas de la CUP. ¿En qué contribuye al debate político el aspecto físico que tengan? A mí personalmente lo que me importa de alguien que va a gestionar mi dinero es que piense en el ciudadano y que no me robe. La forma de vestir, el peinado y si va en chándal o en traje me la pela profundamente.

Esto me recuerda a otra polémica reciente, que se desencadenó cuando un concejal del PP en plena campaña electoral dijo que una edil de Ciudadanos se estaba poniendo “fondona” y parecía haberse comido “toda una fábrica de bollos”. La frase revolucionó Twitter y el concejal al menos pidió disculpas reconociendo que había sido una frase desafortunada. Burgos, en cambio, se ha limitado a retuitear todos los comentarios favorables hacia su persona, que sorprendentemente, han sido bastantes.

Estas frases solo revelan una cosa. Que lamentablemente aún vivimos en una sociedad profundamente machista, pese a que vamos de modernos. Y eso es un fracaso de todos.

Se acabó la tranquilidad, también en el aire

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Ya se sabe, en Ibiza es abrir la primera discoteca y comenzar a sonar el primer ‘chunda’ y acabarse la tranquilidad. Es el momento en el que oficialmente se pulveriza la calma del sufrido vecino, que a partir del fin de semana de openings entra en una espiral de beach clubs, discotecas y party boats atronadores. El ruido, la fiesta y la bacanal no dejan resquicio y se expanden por tierra, mar y aire

La fiesta, por las nubes.
La fiesta, por las nubes.
Porque sí. No basta con que tengamos música y clubbers hasta en la playa. También por mar nos invaden los party boats. Y en el aire los aviones se convierten en una especie de discoteca aérea.

De esto último quería hablar. Este pasado fin de semana de las aperturas cogí un vuelo entre Madrid e Ibiza. Un trayecto que se convirtió en un opening más. Para empezar, en el avión viajaban cuatro despedidas de soltero, tanto femeninas como masculinas, con sus correspondientes integrantes ya borrachos y disfrazados. Pero no eran los únicos folloneros. Gente de toda edad y condición vociferaba y tomaba alcohol. Ya se sabe, en Ibiza todo está permitido. Y la fiesta comienza en el mismo vuelo.

Los sufridos residentes que regresábamos a casa estábamos alucinando pepinillos. El volumen de los fiesteros era muy alto. Los gritos eran continuos y tras el despegue uno de ellos profirió un sonoro aullido diciendo “¡Viva Ryanair!” que jalearon sus colegas. No solo eso. El pasillo estaba lleno de chicos y chicas paseando sus vasos de cerveza y obstaculizando el paso de todo bicho viviente, también de la tripulación. Las azafatas parecían más camareras del Space que otra cosa, porque tenían serios problemas para entender las bebidas que les estaban pidiendo debido al ruido que había. El vuelo fue muy pesado, un auténtico despropósito e intenté no pensar en qué podía pasar si toda esa gente borracha se llegaba a desbocar. Por suerte, aterrizamos correctamente, aunque antes de que el avión se detuviera del todo, los pasajeros ya empezaron a levantarse. La sobrecargo, ya harta, tuvo que ponerse muy seria y abroncar a los presentes recordándoles que “esto es un avión”. Algunos parecían haberlo olvidado.

Una costumbre muy ibicenca

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El accidente se produjo la noche en que se celebró el concierto de Manu Chao.
El accidente se produjo la noche en que se celebró el concierto de Manu Chao.
Cada cierto tiempo la sociedad ibicenca se sobrecoge con la noticia de una nueva muerte en las carreteras. Muchas veces hay ingredientes añadidos que hacen más espeluznante el suceso: conductores borrachos, drogados, bicis sin luces, brazos arrancados de cuajo… Pese a ello, la inmensa mayoría sigue yendo a todos lados en coche cuando sale de fiesta (sin optar por autobuses nocturnos o taxis) y muchos, por no decir muchísimos, conducen por las noches bajo los efectos del alcohol o las drogas. Conducir borracho es una costumbre casi tan ibicenca como la sobrasada o las hierbas con hielo.

La dispersión de Ibiza no ayuda. Numerosas discotecas y bares están situados fuera de los núcleos urbanos, con lo que lo más cómodo es coger el vehículo particular para llegar. Y ello en una isla donde la fiesta es el principal reclamo y que recibe cada verano miles de visitantes dispuestos a beberse el agua de los floreros.

Este fin de semana se ha producido una nueva tragedia. Después de un gran concierto y de la fiesta de reapertura de un conocido local, un joven originario de Mali murió atropellado al parecer por un conductor borracho y drogado (aunque hay testigos que dicen que fue otro el que arrolló al fallecido). Los que estuvimos por la zona esa noche sabemos que hubo mucho peligro. Numerosas personas caminaban por los bordes de la carretera, que es muy estrecha y tiene muy poca luz, y a la que se han añadido unas barreras que no sé si son las mejores para viandantes y ciclistas. A esto se le añade que mucha gente (tanto conductores como peatones) iba borracha y/o drogada. La Guardia Civil estuvo realizando controles, sí. Pero no fue suficiente. Aquello era una bomba de relojería.

¿Qué hay que hacer? ¿Más concienciación? ¿Más multas? ¿Más transporte público por las noches? Recuerdo que de jovencita en Alemania pude usar una noche un taxi especial subvencionado. Se trataba de una iniciativa puesta en marcha por el ayuntamiento de turno para los jóvenes. Solo había que llamar al taxi y pagar una irrisoria cantidad, igual que lo que cuesta un ticket de autobús. Sé que no somos Alemania y que algo así en Ibiza sería prácticamente imposible. Pero quizás deberíamos encaminarnos a algo así con el tiempo. Con muchos más controles y mucho más transporte público. Otro tema es el estado de las carreteras de Ibiza, algunas de ellas con arcenes irrisorios y que no están pensadas para la eventualidad de que alguien pueda andar por ellas. De carril-bici ya ni hablar.

La última tragedia es terrible y deja a un niño huérfano de 11 años, ya que desgraciadamente la madre también había fallecido recientemente. Ahora todos nos llevamos las manos a la cabeza. Pero tendríamos que pensarlo también cuando estamos borrachos y decidimos coger el coche. O cuando nos preocupamos más de evitar el control policial con la ayuda de los grupos de whatsapp que en salvar nuestra propia vida. O cuando diseñamos una nueva carretera. O cuando no consideramos vital el hecho de tener un transporte público adecuado o unos efectivos policiales suficientes. Porque este tema solo nos importa cuando ya es demasiado tarde y lo volvemos a olvidar en la siguiente borrachera.

Menús que enferman

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La comida de hospital suele ser poco apetitosa. Foto: Siobhan

Por razones que no vienen al caso tuve la oportunidad recientemente de ver cómo se alimentan los enfermos ingresados en el Hospital Can Misses, en Eivissa. Siempre se ha dicho que los menús de hospital son totalmente insípidos. Pero realmente lo que comen los pobres pacientes no tiene nombre. No es ya que esté cocinado con poca gracia. El verdadero problema es que esos menús no curan, sino que están hechos para que uno enferme todavía más. Multitud de fritos, rebozados imposibles, verduras deshechas de tanto hervirse y pescado maloliente con aspecto de estar pasado. Más barato imposible.

“Somos lo que comemos”. Eso es lo que se dice siempre y todos sabemos lo importante que es alimentarse bien cuando estamos enfermos para sanarnos. Pero esta no es una máxima que apliquen los gestores de la sanidad balear en cuanto a menús hospitalarios se refiere. En los días que pude observar la dieta del hospital, que por desgracia fueron bastantes, vi como servían empanadillas congeladas (de escasa calidad porque algunas ni tenían relleno) y otros fritangueos similares, macarrones blandengues y recocidos, filetes de panga (el polémico pescado asiático del que se critica su alta contaminación), calamares a la romana que parecían de plástico, carne de la peor calidad y verduras de sabor abominable cocinadas hasta la saciedad dando como resultado un puré indescriptible. Todo ello acompañado de unos duros panecillos de pan blanco. Para merendar, a los niños les dan leche barata chocolateada con galletas ‘maría’. Cada día. Lo mismo que para desayunar. ¿De verdad no hay nada más saludable? ¿Algo con menos azúcar? ¿Algo más variado? Vería más lógico que en un hospital dieran una pieza de fruta para merendar. Y sobre todo teniendo en cuenta que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya ha empezado a poner objeciones a los lácteos.

Sobre la alimentación hay mucha controversia porque hay teorías para todos los gustos. Que si comer o no comer carne, que si tomar o no tomar lácteos, que si optar o no por productos refinados y con azúcar. No entraré en ello. Pero es que los menús del hospital no se acercan ni de lejos a la tan laureada dieta mediterránea. Los mismos médicos y enfermeras hacen la vista gorda cuando los familiares de los pacientes de larga estancia traen la comida hecha en casa en un tupper. Son conscientes de lo que allí se sirve y lo pasan por alto.

De hecho, una enfermera me explicó que prácticamente nunca come los menús del hospital pese a que podría hacerlo sin coste alguno. Prefiere traerse algo de casa o comprar cualquier cosa en un bar cercano.

La anécdota más flagrante me la contó la madre de un niño pequeño, un bebé. Habían tenido que ir a Palma al hospital para operarle y el primer día le presentaron a la hora de la cena un potito de pollo. Se quedó un poco sorprendida de que no se le diera un puré elaborado de una forma más artesanal, pero no dijo nada. Pero cuál fue su sorpresa cuando vio que al día siguiente, al mediodía, le dieron otro igual. Tampoco entonces dijo nada. Sí que explotó a la hora de la cena, cuando ¡oh, sorpresa! había otro potito de pollo. Montó un ‘pollo’ (nunca mejor dicho) y se quejó pidiendo un poco más de variedad. Le presentaron un potito igual, pero de pescado.

¿Realmente es esta la comida más saludable? ¿La más adecuada para la curación del enfermo? Al parecer en Can Misses hace unos años el menú era más aceptable pero, igual que lo que ha pasado en muchos otros hospitales de España, con los recortes la situación cada vez ha ido a peor. Y los pobres pacientes mientras, encima de que están enfermos, tienen que someterse a un obligatorio menú nutritivamente muy pobre. Encima de cornudos, apaleados.